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Aug 18, 2026
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Trump sacude a sus aliados mientras su política exterior se adentra en el caos

En opinión de sus críticos, la política exterior de Donald Trump está fracasando estrepitosamente. Pero eso no significa que carezca de impacto: el presidente continúa sacudiendo el tablero internacional con decisiones que afectan por igual a aliados y adversarios.

El lunes venció el plazo de 60 días establecido en su memorando de entendimiento con Irán, un acuerdo que para entonces llevaba tiempo roto. En lugar de anunciar un pacto nuclear que pudiera justificar la guerra, Trump pareció descargar su frustración contra algunos de los socios históricos de Estados Unidos y reavivar su acercamiento a Kim Jong Un, líder de Corea del Norte.

Trump anunció el domingo que Estados Unidos reduciría sus ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, aliado de Washington desde la década de 1950. El mandatario justificó la decisión por su costo, por la negativa de Seúl a participar en la guerra contra Irán y por su deseo de no provocar a Kim.

Un día después, Trump amenazó con bombardear Omán, aparentemente en respuesta a las gestiones del país árabe para alcanzar un acuerdo con Irán que permitiera reanudar el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz.

La paradoja es que garantizar la navegación por esa vía también era uno de los requisitos del memorando de entendimiento que el propio Trump había presentado como el mayor acuerdo de paz en la historia de Medio Oriente.

Una vez más, el presidente parecía decidido a poner patas arriba las ideas tradicionales sobre el poder estadounidense, sus alianzas y los valores que históricamente han guiado su política exterior.

El almirante retirado de la Armada estadounidense James Stavridis dijo a Kasie Hunt, de CNN, que no comprendía ni el acercamiento a Kim Jong Un ni las amenazas contra Omán.

“Es justo lo contrario de lo que deberíamos estar haciendo ahora”, afirmó.

Los ataques de Trump contra Omán y Corea del Sur no parecen episodios aislados. Para sus críticos, son síntomas de una política exterior sin una estrategia convencional, que margina deliberadamente a diplomáticos y especialistas y que depende, sobre todo, de los instintos del presidente.

Desde fuera, la sensación de caos no hace más que aumentar.

El yerno de Trump, Jared Kushner, recorre apresuradamente Medio Oriente en un intento por rescatar el acuerdo que el presidente calificó el mes pasado de “monumental”. La propuesta pretende que Hamas deponga las armas y que Israel se retire de Gaza, pese a la profunda hostilidad y a los intereses estratégicos enfrentados entre ambas partes.

Mientras tanto, dentro de Estados Unidos, los negociadores todavía no han alcanzado un acuerdo que impida a Trump imponer aranceles del 50 % a Canadá antes del plazo del miércoles.

La amenaza llega después de que el mandatario dejara de lado el pacto comercial entre Estados Unidos, México y Canadá que firmó durante su primer mandato y que entonces describió como “el acuerdo comercial más importante jamás firmado”.

El patrón resulta cada vez más evidente: Trump presenta acuerdos como triunfos históricos y, poco después, toma decisiones que pueden debilitarlos o destruirlos. Sus partidarios ven en ello una táctica de presión destinada a romper inercias; sus críticos, una sucesión de impulsos que erosiona la confianza de los aliados y reduce la credibilidad de Washington.

En ambos casos, el resultado es el mismo: aliados y adversarios deben relacionarse con una superpotencia cuyo próximo movimiento parece depender menos de una estrategia duradera que de la voluntad inmediata de su presidente.